Entrevista con Cristina Burneo Salazar: La universidad no fue creada para las mujeres. Transformarla implica revisar sus privilegios

La escritora, docente e investigadora analiza cómo el patriarcado sigue configurando el poder en las instituciones de educación superior y qué estrategias colectivas abren horizontes de transformación

En el marco de la campaña “No es personal, es estructural: por instituciones educativas libres de violencia de género”, conversamos con Cristina Burneo Salazar, académica, escritora y activista feminista, para profundizar en los avances, desafíos y urgencias en la lucha contra las violencias de género dentro de las instituciones educativas de las Américas.

A lo largo de esta entrevista, Cristina reflexiona sobre la importancia de reconocer las desigualdades estructurales que atraviesan a mujeres y disidencias sexo-genéricas en universidades y centros de educación superior; los impactos que estas violencias generan en la vida académica y laboral; y los caminos colectivos que estudiantes, docentes, investigadoras y trabajadoras vienen construyendo para transformar estas instituciones en espacios seguros, equitativos y verdaderamente democráticos.

“La violencia de género en las universidades —la transfobia, la homofobia, el machismo— hace que estudiantes, administrativas y profesoras habitemos ese espacio como una desventaja de entrada”, afirma ella.

Mira la entrevista completa (en video y texto):

Estamos en pleno desarrollo de nuestra campaña “No es personal, es estructural: por instituciones educativas libres de violencia de género” y te agradecemos por aceptar nuestra invitación a participar de esta entrevista para profundizar los avances y desafíos de la lucha contra la violencia de género en las instituciones educativas de las Américas.

Para iniciar esta entrevista, queremos saber: ¿cuál es la importancia de reconocer las violencias de género que existen en las instituciones educativas, en las universidades?

Cristina Burneo Salazar – Gracias a ustedes, colegas, por hacer una campaña tan importante, tan necesaria. La importancia de reconocer siempre cualquier tipo de desigualdad, violencia e inequidad es justamente mitigar las condiciones que la producen. Es decir, si hay en las universidades grupos humanos enteros que viven violencia, que tienen desventajas de entrada por su género, por ejemplo —no solo las mujeres— hay que hablarlo. ¿Por qué? Porque la violencia de género en las universidades —la transfobia, la homofobia, el machismo— hace que estudiantes, [profesionales] administrativas y profesoras habitemos ese espacio como una desventaja de entrada.

Cada día que entramos ahí somos leídas de manera diferente y habitamos un espacio distinto en la universidad. La violencia de género en la universidad se perpetúa; la desigualdad, por ejemplo, en lo que tiene que ver con el derecho a la educación —que no es abstracto—. La violencia es parte de la vulneración, de la desigualdad en el derecho que yo puedo tener a educarme, a habitar el espacio, a estar allí sin desventajas o con la menor cantidad de desventajas posibles que se cruzan: mi condición socioeconómica, de dónde vengo, qué nacionalidad tengo, si tengo papeles, si estoy en medio de una transición respecto a mi género, etc. Hay un montón de cosas que nos condicionan: son grupos condicionados de manera diferente y que dificultan la garantía del derecho a la educación.

¿Cuáles son los tipos de violencia de género más frecuentes en el área académica?

Cristina Burneo Salazar –  En las universidades donde yo he vivido durante muchísimo tiempo —como estudiante, como investigadora y como docente—, el tipo de violencia más frecuente en general, como las estadísticas globales lo muestran, es el que ejercen hombres con poder contra estudiantes, administrativas y profesoras mujeres. No es el único tipo, pero es la estadística mayor: el grupo o el tipo de relación que se conoce más.

Docentes que ejercen acoso sexual contra estudiantes; autoridades de las universidades que ejercen persecución ideológica contra hombres y mujeres pero que, con las mujeres, se combina también con prácticas machistas, abusos de poder patriarcal, restricciones en la libertad académica. Ese es el grupo más grande. Pero dentro de ese grupo también, por supuesto, hay persecuciones. Por ejemplo, en estos años hemos tenido registros de persecuciones homofóbicas a estudiantes y docentes queer —o como se autodeterminan en el enorme espectro que tenemos de género y de identidades y disidencias sexo-genéricas—. Por ejemplo, docentes queer en escuelas que a la vez son estudiantes en la universidad reportan violencias: persecución ideológica, restricciones de la libertad académica, llamados de atención permanentes por ejercer simplemente sus derechos a ser como quieren ser y también a tener proyectos pedagógicos diversos.

Hay una enorme complejidad allí, pero la universidad todavía está regida en su mayoría por hombres con poder, letrados o profesionales ilustrados que tienen una organización entre ellos de mucha lealtad mutua. Entonces, las violencias que se ejercen nunca son individuales: vienen también de la estructura misma de la institución, que está hecha para perpetuar algunos privilegios y tratar de frenar la adquisición de derechos de ciertos grupos que resultan inconvenientes. [Eso suele pasar] porque la universidad misma, la institución, se tendría que transformar.

Podemos responder ese montón de cosas respecto de: ¿qué pasa? ¿quién ejerce el poder o el abuso? y ¿qué grupos lo viven más? Tiene que ver con algunos de estos elementos.

¿Cuáles son los principales impactos de la violencia de género en las universidades para las mujeres y para la sociedad?

Cristina Burneo Salazar – Juntando lo que hemos conversado contigo hasta ahora: la universidad es una institución con quizás 1.200 años, 1.300 años. Es una institución que se ha ido volviendo secular. Ha sido un modo de reconstituir cierta organización del conocimiento en todos los continentes del mundo. Entonces, esa institución no nace abierta para las mujeres, ni para las personas esclavizadas, ni para ninguna disidencia sexual, para extranjeros tampoco.

Estamos hablando de 1.300 años. Entonces, la transformación de la universidad ha sido siempre en pos de —según han avanzado los siglos— abrirse a más grupos. ¿Por qué? Porque todavía pensamos que el conocimiento y la educación son capaces de transformar la sociedad y de hacerla menos violenta. A estas alturas voy a decir: menos violenta y menos desigual.

Si hay un modo de la violencia que se perpetúa, que está normalizado, que sigue sosteniendo en el poder a pequeños grupos —sobre todo de hombres— que acepta solo la experiencia de ellos como modelo para producir conocimiento, los impactos los voy a recibir yo, sobre todo si soy mujer, si soy más joven, si soy una estudiante, una persona migrante venezolana en un país atravesado por la xenofobia o que no me va a regularizar fácilmente y si provengo de condiciones socioeconómicas difíciles. Claro que el impacto va a estar sobre mí. Si sumamos todo lo que hemos dicho, es evidente que yo voy a vivir estos impactos.

Si soy un chico trans que además es afroecuatoriano o afrocolombiano, que me gradúo en mi ciudad y quiero estudiar en otra universidad que está en una ciudad más grande y que además tengo que generar ingresos para poder estudiar, los impactos van a estar sobre mí.

Son grupos enteros en desventaja. En términos de género, aunque todavía haya una invisibilidad estadística de la violencia de género en las universidades, según lo que hemos visto en los reportes y estadísticas globales en nuestros países, son las mujeres estudiantes; las administrativas que tienen vulnerabilidades, las secretarias, [el] personal de limpieza —que están obligadas a hacer su trabajo para no perderlo— quienes van a sufrir ciertos impactos y van a tener que conceder un montón de cosas para poder estar en su lugar de trabajo y no entrar en desempleo. Además, las docentes —sobre todo cuando estamos politizadas a través del feminismo o de otras posiciones de género, como el transfeminismo, o cuando trabajamos con epistemologías trans, como ha sido mi caso— vamos a ser perseguidas porque estas epistemologías y esos modos de trabajo tienen que transformar necesariamente la institución, que tiene que revisarse a sí misma.

Los impactos todavía recaen sobre grupos grandes de mujeres estudiantes y docentes; administrativas; y estudiantes y docentes de las disidencias sexuales que no obedecen los mandatos de género. Vemos claramente lo difícil que es transformar las estructuras patriarcales de la universidad.

¿Cuál es el camino para combatir las violencias de género en la universidad?

Cristina Burneo Salazar –  Siempre decimos más sobre los diagnósticos y preocupaciones que otra cosa, entonces gracias por la pregunta porque nos permite decir también que no todo es inercia y perpetuación de esta “ignorancia ilustrada” que es elegir no conocer los problemas de la universidad en términos de género.

Hay muchas cosas que se han hecho, incluso la CLAA misma, con un Grupo de Libertad Académica en todo el continente, es muy importante para empezar a pensarlo.

Recuerdo siempre que tenemos que nombrar a las primaveras feministas de 2017 y 2018. Las estudiantes nos estaban dando el camino: una universidad gratuita y una educación segura dependen de los problemas que analicemos, y en términos de género hay que analizar.

Yo siempre recuerdo la primavera feminista chilena, que nos mostró a estudiantes denunciando a un docente por acoso sexual y cómo eso prendió y generó revueltas en todo el país y en muchos países del continente. En esos años se discutían también o se recordaban y se conmemoraban los 100 años de Córdoba (Argentina), las reformas universitarias, y no se hablaba en términos de género. En mi propia universidad, en ese momento, recuerdo que los docentes me decían: “En Córdoba, las luchas por la reforma universitaria y la autonomía, no hubo mujeres”. Todavía decimos eso.

Yo creo que el camino es justamente volver a contar la historia: recuperar las revueltas, recuperar los gestos, los momentos de desobediencia, como por ejemplo las primaveras feministas en Chile, en Ecuador, en México, en Colombia. Hubo denuncias de estudiantes por todos lados: hubo tendederos, hubo un destape, digamos, de lo que las mujeres —sobre todo las estudiantes— vivían en las universidades de América Latina en esos años de 2017, 2018. Luego vinieron otras revueltas muy importantes.

Creo que el camino es justamente [recuperar y fortalecer] la memoria feminista de la revuelta estudiantil en la universidad, la memoria y la recuperación de las reflexiones de quienes empezamos a estudiar a la universidad en sí como un objeto de análisis para erradicar sus violencias. Creo que eso es muy importante y eso nos enseña el feminismo: estudiemos los espacios donde vivimos, el mundo que habitamos, para poder transformarlo.

Creo que la universidad es, a la vez, el espacio idóneo para hacerlo; es la que tiene la infraestructura para enseñar, transmitir, discutir conocimiento, intercambiarlo, reconsiderar, girar en sus políticas y en su misma constitución en pos de reconocer el problema para empezar a hablar de cómo compensar esas desigualdades que se vuelven violentas tantas veces. Ese es el camino.

Cuando hablamos de educación, somos educadoras y estamos en un espacio que ofrece todo para esto… o sea, también es la universidad la que puede ofrecer ese camino de apertura para mirarse a sí misma en términos de género.

¿Hay algún otro aspecto que quieras presentar o subrayar, además de lo que hemos conversado a lo largo de esta entrevista?

Cristina Burneo Salazar –  Quiero también decir que en estos años hemos visto que la denuncia por violencia de género en las universidades —sea persecución ideológica, violencia sexual, acoso sexual—, que la han llevado sobre todo a cabo mujeres, pero que empieza a mostrar otras formas también, como homofobia y transfobia o violencia de género organizada de muchos modos, se ha vuelto un camino en sí. La violencia de género en universidades está volviéndose una lucha en sí misma y es muy importante.

Yo misma denuncié a mi universidad públicamente y siempre lo digo: yo jamás lo habría podido hacer sola. Yo estuve muy acuerpada y muy apoyada por un colectivo de abogadas, de estudiantes, activistas, artistas conscientes de que todo espacio de educación y de creación es fundamental en nuestra vida. Y creo que esos caminos de sostenimiento colectivo solo se dan aprendiendo. Nosotras aprendimos mucho sobre qué era la violencia en universidades y, para sensibilizarnos, también es importante aprender, sentarnos a discutir, leer, informarnos, escuchar a las personas que lo han vivido —que han vivido violencia de género en las universidades— y creo que eso es un camino hermoso también, porque nos permite politizarnos y formar procesos pedagógicos, políticos y culturales que nos permiten imaginar de otro modo la universidad. Creo que por eso es tan importante discutirlo: porque hay un horizonte de construcción allí que es muy hermoso y que nos está marcando un camino muy fértil.


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